En uno de mis momentos libres, me encontraba platicando con algunos de mis compañeros de escuela, cuando entre risas y comentarios irónicos me recomendaron que viera un video en la red acerca de una chica que llora amargamente, cual viuda en cementerio sobre la talla de su busto y el exceso de vello en su cuerpo, y a pesar de que el video sea increíblemente divertido, no pude evitar el preguntarles su opinión acerca de los defectos físicos ajenos. De pronto una encuesta fue planteada: ¿Quién entre los presentes se había visto en la situación de no relacionarse con alguien por la existencia de algún defecto físico de la persona en cuestión? Mientras ninguno de los presentes lo admitía con valentía, una chica se jactaba alegremente de haberlo hecho, con el pretexto de que el acné del hombre con el que salía, destruyo casi por completo la tersa piel de su rostro. Fue ahí cuando me puse a analizar la situación. Si bien es cierto que “el amor entra por los ojos” ¿cómo es que hay tantas personas que a pesar de estar físicamente “fuera del estándar” o como dirían algunos “buenos y guapos” prefieran mantenerse al margen y permanecer solteros? Esta pregunta estuvo en mi mente por un buen tiempo dándome un sinfín de ideas y posibilidades para responderla. E inconscientemente me puse a pensar, que de cierta manera, casi todos mis amigos están atravesando esta situación. Parece que han adoptado el rol de soltero a tal grado que parece ya no importarles. Algunos lo hacen por no tener que gastar en alguien más, otros por no tener tiempo suficiente y algunos otros por simplemente no querer relacionarse con nadie para no tener que lidiar con el compartir su vida, o porque por más que lo desean, no han encontrado a la persona correcta. En ese momento comprendí lo que pasaba. Mucha gente piensa que gran parte de la relación se lleva en la apariencia externa, algo con lo que de cierta manera estoy de acuerdo, más sin embargo, pienso que esa no es una base totalmente fundamental para iniciarla. Acepto que el físico de una persona es lo que nos hace sentir “mariposas en el estomago”. ¿Pero qué hay del querer conocer a una persona más allá de lo que vemos? Sus emociones, metas, ideologías y miedos. Todos estos puntos son los que hacen que una relación pueda durar lo suficiente como para poder vivir felizmente al lado de alguien que en primera instancia nos guste. La modernidad y los cambios de mentalidades, han orillado a las masas a crearse un sueño en común: El vivir en una buena casa, con todos los aditamentos para vivir cómodamente, un trabajo estable, con ingresos destacables y si tenemos suerte, aunque de cierta manera ya no se considera algo imperativo: una pareja atractiva e inteligente. Somos pocos los que quizás aún creamos en la clase de amor que dure para siempre. En el tiempo en el que vivimos, ya no se cultivan los valores sociales en pareja, a menos que tengas ya una familia establecida, algo que incluso ahora, muchas personas dudan sobre ella, dadas las crecientes situaciones de maltrato y violencia familiar, por lo que la gente prefiere descartar esta idea y simplemente coexistir en singular. Además, la idea de fama y fortuna que nos venden los medios masivos, degeneran el pensamiento y por ende, mentalizándonos a olvidar la convivencia sana y amorosa con alguien que quizá no sea del todo hermoso, más sin embargo sea honesto. El problema viene cuando no hay un interés tan fuerte por querer conocer a alguien más allá del plano carnal. Que si bien, en algún punto hemos pasado por esto, a la larga podremos descubrir que es, solo un reflejo de nuestra propia necesidad por conectarnos con alguien, por tener con quien compartir nuestras vivencias de cada día, para saber que contamos con un apoyo incondicional externo, pero más que nada… para llenar ese vacío que llevamos dentro.