Cuando éramos niños, nuestro mundo estaba lleno de oportunidades a cada lugar a donde miráramos, un árbol nos ofrecía un gran y portentoso fuerte de guerra, los charcos que dejaba atrás la lluvia nos parecían más grandes que el océano pacifico, y nuestra mayor meta era tener como premio un juguete o caramelo por cada logro bien realizado. Pero conforme fuimos creciendo, nuestro mundo se fue haciendo cada vez más amplio y reconocimos que teníamos que hacernos un lugar entre lo que ya no era un charco de lluvia, sino un mar de gente que ahora se posaba frente a nosotros. En el camino nos enseñaron el valor del esfuerzo, nos educaron para nunca rendirnos y siempre dar lo mejor de nosotros, con la esperanza de que algún día seríamos “alguien importante” que resaltara de los demás. El mundo está lleno de oportunidades. Las personas, llenas de ideales y sueños. Los sueños, requieren de tiempo y esfuerzo para ser alcanzados. Pero… ¿Cómo saber cuando hemos acumulado tantas ocupaciones y responsabilidades, como para poder permitirnos un respiro y poder organizar nuestras vidas? Mi amigo Carlos es el vivo ejemplo de esta situación. Carlos siempre ha sido un joven alegre y lleno de vida o hiperactivo, como me gusta denominarlo, lo cual el acepta con mucho ánimo. Siempre está buscando actividades y cosas nuevas e interesantes para distraerse y así dejar atrás el mundo en el que vive. Más sin embargo, últimamente, comentamos una situación que por una parte me dejo asombrado y por otra un tanto consternado. En víspera de un nuevo comienzo académico, Carlos se inscribió en una cantidad de materias increíblemente demandantes, más aparte su membrecía al gimnasio y su afición por la guitarra. Honestamente, no dudo de las capacidades físicas y mentales del hombre, la verdad, es una persona muy creativa y apasionada, pero eso no me impidió darle un consejo de experiencia previa. “Es mejor acaparar poco y dedicarle su respectivo tiempo y esfuerzo a cada cosa, que trabajar en muchas cosas, en poco tiempo, con menos energía para al final conseguir un resultado que no es el que esperábamos”. Mis palabras al principio fueron un poco desconcertantes, primero por el hecho de que Carlos no está acostumbrado a consejos de este tipo por parte de alguien más. Pero comprendió que en cierta manera tenía razón. La vida nos brinda un sinfín de posibilidades, convirtiendo al mundo entero en un gran pastel, pero esto no significa que solo porque somos “jóvenes y fuertes” tengamos que acabarnos ese pastel de una sola mordida. Hay un tiempo, un espacio y un esfuerzo para cada actividad que tenemos, la manera en la que nos administremos, debe de proveernos de un equilibrio y una estabilidad ecuánime, para poder desempeñarnos de la mejor manera y alcanzar así todas nuestras metas. Tiempo hay suficiente. Que nos tardemos un poco más desempeñando cierto oficio o tarea, no significa que nos volvamos ociosos o que posterguemos responsabilidades, si esto llegase a suceder, entonces es porque en algo estamos fallando, algún detalle se nos paso por alto y se necesita reevaluar la situación para encontrar una mejor solución. Cada obstáculo con el que nos topamos, es una oportunidad disfrazada, además no hay que olvidar que a cualquier dilema o situación le podemos encontrar más de una solución, solo hay que tener una cosa: Poder de decisión.